Objetividad, realidad, verdad

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El problema de la objetividad, la realidad y la verdad, en sus acepciones científicas y tecnológicas, es el de la relación entre la mente humana y las cosas que hay fuera de ella, la relación entre el mundo y las ideas que nos hacemos de él. Los conceptos son considerados por muchos como pertenecientes a la Filosofía (Ontología), pasibles de discusiones académicas pero irrelevantes para el practicante de las ciencias naturales o las tecnologías y para la mayoría de las personas. Es cierto que los textos científicos y tecnológicos casi nunca discuten el tema, pero eso sólo significa que los supuestos que sus estudiosos hacen sobre ellos son implícitos en vez de ser explícitos, como es condición de cualquier saber racional. En este artículo se acomete la difícil tarea de poner en evidencia algunos de esos supuestos, aunque no necesariamente los conceptos aquí vertidos sean simultánea o totalmente compartidos por todos los científicos y tecnólogos.


Objetividad

La objetividad es el rasgo de lo que es objetivo, que según el Diccionario de la Lengua Española corresponde en nuestro caso a lo que es:

1. adj. Perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o de sentir.
2. adj. Desinteresado, desapasionado.

o a lo

3. adj. Fil. Que existe realmente, fuera del sujeto que lo conoce.

En las dos primeras acepciones la objetividad es el rasgo de las ideas que una persona dada tiene sobre una cosa bien definida que las hace (supuestamente) independientes de su peculiar modo de pensar o de sentir, no contaminadas por sus deseos e intereses (pensamientos conscientes, tal vez racionales), instintos, pasiones y sentimientos (pensamientos no conscientes). En la tercera acepción, al conjunto de ideas objetivas sobre una cosa se le atribuye otro rasgo, el de representar una realidad independiente de las personas, lo que presupone mucho más que la mera independencia de las características individuales antes señaladas. Este último aspecto se discute en la sección sobre realidad.

La objetividad como conjunto de ideas conscientes independientes de los instintos, pasiones y sentimientos tiene que ver con el efecto que éstos últimos tienen sobre nuestras percepciones y nuestra capacidad de análisis racional. Según los psicólogos los actos instintivos escapan a nuestro control y no pueden ser reprimidos permanentemente, sólo sublimados (es decir, a lo sumo redirigidos a objetos diferentes). Se trata de reacciones que están genéticamente programadas porque son beneficiosas para la perduración de la especie, constituyendo lo que un ingeniero informático denominaría firmware. El origen de las emociones (sentimientos y pasiones) se atribuye a una parte muy antigua del cerebro humano y su efecto es la secreción en el torrente sanguíneo de productos químicos que facilitan reacciones como la huída rápida. En Los Dragones del Edén el divulgador científico Carl Sagan lo llamó "el cerebro reptiliano" y uno de sus efectos parece ser el de inhibir los mucho más lentos procesos reflexivos. Una de las reglas de la escritura científica y técnica (véase el artículo redacción de informes científicos y técnicos) es justa y precisamente el evitar expresiones de sentimientos. Las emociones, como las drogas estimulantes, modifican nuestra percepción del entorno, probablemente exagerando los rasgos existentes y tal vez introduciendo otros inexistentes. El problema es que las personas no siempre pueden controlar sus emociones y sentimientos, además, según los psicoanalistas no siempre es saludable que lo hagan.

La objetividad considerada como las ideas conscientes de una persona que son independientes de sus intereses está íntimamente vinculada con el concepto de veracidad. Podemos decirle a otra persona algo diferente de lo que pensamos porque de ese modo podríamos obtener de ella algo que deseamos, aunque sea inmoral hacerlo. Como nadie puede saber con total certeza lo que piensa otra persona, la objetividad de las ideas expresadas por ésta dependería de la credibilidad o buena fe que se le atribuyera. La atribución de objetividad sería en este caso sólo el reconocimiento de un saber autoritario, el que se le atribuye a una persona por su reputación o estatus social. Como la historia ilustra hasta el hartazgo, las mayores autoridades civiles y religiosas — como los reyes y los papas— han mentido frecuentemente. El saber autoritario, por lo tanto, no es garantía de veracidad. (Véase también el artículo saberes.)

No podemos desprendernos completamente de nuestros intereses y emociones, por lo que nuestra percepción de las cosas estará siempre teñida por nuestras emociones, tamizada por nuestras experiencias, limitada por nuestras destrezas de observación y análisis. Sin embargo, ésta no es la única limitación (tal vez ni siquiera la principal) para el logro de una mejor comprensión del mundo natural y social que nos rodea. Los investigadores del constructivismo, entre los que se destacan Vygotsky y Luria, han reunido evidencias muy convincentes de que —a pesar de las tesis de Sócrates sobre el origen individual de éstos— los saberes son construcciones sociales que se generan gracias a la interacción entre personas que se comunican mutuamente experiencias mediante símbolos verbales y escritos. Sabemos "objetivamente" que un color es rojo porque todas las personas que conocemos, salvo quizás algún daltónico, lo identifican sin contradicciones entre sí. El concepto de objetividad resulta así ser equivalente al de (¿o tal vez deberíamos decir que debe ser reemplazado por el de?) intersubjetividad. Es decir, se trata, hecho central para los saberes científicos, de acuerdos reflexivos, desinteresados y desapasionados sobre las características de las cosas a los que pueden arribar personas con experiencias, destrezas y capacidades de discriminación y comunicación similares pero no idénticas. Se requiere una mínimo grado de similitud porque no es fácil que concuerden entre sí un filósofo y un político, un analfabeto y una persona cultivada, un ciego y un vidente.

La manera en que se busca asegurar la objetividad puede tener consecuencias importantes sobre la calidad de la información que se brinda sobre un tema. En el caso de los estudios históricos se considera falta de objetividad la selección no explicitada de algunos aspectos del tema, debiéndose informar sobre puntos de vista alternativos al del autor. En el caso periodístico, además del obvio problema del recorte de datos inevitable en notas de longitud muy acotada, surge el problema de tomar o no tomar partido en temas éticos que requieren una valoración que excede la mera noticia o la contraposición de puntos de vista sobre ella[1][2] debido a diferencias ideológicas.

No todas las personas consideran valiosa la objetividad, a algunas les parece una falta de compromiso. Es el caso del militante director de cine cubano Alfredo Guevara, quien en una conferencia dada en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, el 5 de mayo de 2010, expresó refiriéndose a las escuelas de periodismo de Canadá, España y Francia:[3]

En esas escuelas la palabra objetividad tiene un gran error: la objetividad suele ser una mentira. Yo tengo horror de ciertas palabras en el terreno que me estoy situando, tales son objetividad, prudencia… la objetividad siempre es una falsificación, la prudencia siempre es una falsificación y las dos vienen acompañadas, quiéranlo o no, de la mentira o de una mentira parcial. Hace apenas unas horas tuve un encuentro con uno de los periodistas más destacados y —a veces, no sé si voluntariamente o involuntariamente— agresivos. Tuvimos una conversación muy cordial con este periodista sobre una de las manifestaciones de este tema: no la objetividad sino el equilibrio. Yo no le pedía ni remotamente parcialidad, semi-parcialidad, reconocía que no decía mentira, pero no decía tampoco verdad; decía en sus obras la verdad que le convenía a sus objetivos. Es decir militaba o lo hacía militar la publicación para la que trabaja. Cuando digo equilibrio no digo objetividad: un periodista tienen que abordar la objetividad tal y cual es, pero tiene que tener..., debiera tener su modo de ver...

En el caso de una enciclopedia que pretende ser científica la mejor demostración de objetividad no es la neutralidad que omite posiciones contrapuestas ninguna de las cuales ha sido totalmente refutada, sino su exhibición en pie de igualdad de modo que el lector saque sus propias conclusiones.

Fuentes

  • LeDoux, Joseph; El Cerebro Emocional; Edit. Ariel - Planeta; Buenos Aires; 1999.
  • Luria, A. R.; Conciencia y Lenguaje; Pablo del Río Editor; Madrid (España); 1979.
  • Objetividad en Wikipedia.
  • Sagan, Carl; Los Dragones del Edén; Edit. Crítica; Barcelona (España); 2006; ISBN 8484327906.
  • Vygotski, Lev S.; El Desarrollo de los Procesos Psicológicos Superiores; Edit. Crítica; Barcelona (España); 2000; ISBN 967931-3.
  • Martinchuk, Ernesto; ¿Existe la objetividad periodística?; ARGENPRESS; Ciudad de Buenos Aires; 15 de julio de 2010.

Verdad

Son más variadas las acepciones de verdad que, siempre según el Diccionario de la Lengua Española, son:

1. f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente.
2. f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa.
3. f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna.
4. f. Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente.
5. f. Cualidad de veraz. Hombre de verdad.
6. f. Expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende. U. m. en pl. Cayetano le dijo dos verdades.
7. f. Realidad (existencia real de algo).

Las acepciones 2, 5 y 6 corresponden a la veracidad, tema ético que no se discute aquí. La 7 remite, una vez más, al concepto de realidad. Las acepciones 3 y 4 —que consideran a la verdad como algo inmutable e irrefutable— corresponden a las religiones.

La acepción de verdad usado en ciencias fácticas —como la Física y la Biología— es la primera, muy diferente de la usada en la Teología. Cuando Galileo afirmó que la Tierra giraba alrededor del sol, la Inquisición lo obligó a retractarse porque la verdad enseñada por la iglesia era que el sol giraba alrededor de la Tierra, como correspondía al lugar central del hombre en el cosmos. Galileo —uno de los principales introductores del método experimental en la Física— estaba intereresado en verificar si había o no concordancia entre los movimientos elementales que podía medir en su laboratorio y los que podía extrapolar a los cuerpos celestes. Esta concordancia —deducida de lo que podía verse desde la Tierra de los movimientos del sol y los planetas— unificaba las leyes terrestres con las astronómicas de modo que en los cielos valían las mismas leyes que la Tierra. La unificación intelectual hecha por la religión seguía el camino inverso: construida la doctrina por los diversos concilios ecuménicos, en vez de limitar su rango de influencia al mundo espiritual de las normas morales y la vida que trasciende a la muerte, se quería imponer leyes también al mundo material, en vez de develarlas mediante la indagación desprejuiciada. Para Galileo las leyes de la naturaleza debían descubrirse por experimentación y satisfacer algunos principios básicos, como los de no contradicción y cuantificación. Para la iglesia estas leyes eran reveladas y no necesariamente accesibles a la comprensión humana, como es el caso del misterio de la Santísima Trinidad.

Bertolt Brecht señaló que las ciencias no buscan verdades absolutas, sino sólo acotar la perduración del error. Este limitado criterio de verdad es aplicable sólo a hechos que pueden ser definidos y cuantificados con precisión bien acotada y sobre los cuales pueden hacerse predicciones comparables con procesos registrados o con experimentos realizables en condiciones bien controladas. Las leyes así verificadas tienen un rango de validez, son "verdaderas" dentro de su rango de aplicación y falsas cuando se lo excede: es decir, no son verdades absolutas. Por ejemplo, la dinámica de Newton (las velocidades y aceleraciones resultantes de la aplicación de fuerzas a masas) es válida con error despreciable para fines prácticos en el rango de velocidades mucho menores que la de la luz. Describe bien el movimiento de automóviles y la mayoría de los movimientos astronómicos, aunque no todos. La dinámica de Einstein (la Teoría Especial de la Relatividad) describe bien los movimientos de partículas con velocidades cercanas a la de la luz y explica fenómenos como la fisión nuclear y fusión nuclear (las transformaciones de masa en energía). La dinámica de Newton es la reducción de la Teoría Especial de la Relatividad al caso de bajas velocidades, y en ese rango es "verdadera" en el sentido de que describe los hechos experimentales con precisión suficiente para las aplicaciones prácticas. Ningún ingeniero con sentido común trataría de aplicar la segunda al tránsito urbano, así como no se le ocurriría medir el ancho de una vereda al centésimo de milímetro o cronometrar una carrera de caballos con precisión de un diezmillonésimo de segundo.

Esta "relatividad" de las "verdades" ha hecho que algunos filósofos posmodernos, basados en trabajos como el de Kuhn, plantearan erróneamente la existencia de ciencias alternativas según los paradigmas que se quisiera aceptar. Las ciencias serían así "relatos" dependientes del punto de vista del expositor. Este punto de vista desconoce las premisas básicas y la coherencia interna de las ciencias, estructuras donde todo está relacionado con todo y el reemplazo de una parte requiere reestructuraciones globales. No hay Físicas alternativas porque las leyes físicas han sido formuladas y reformuladas, controladas y verificadas dentro de rangos de precisión bien especificadas, dentro de los cuales no caben duda de su aplicabilidad o validez, rangos dentro de los cuales pueden ser consideradas "verdaderas", pero no fuera de ellos. La Teoría Especial de la Relatividad de Einstein no es una formulación de leyes relativamente ciertas, sino de leyes válidas en cualquier sistema de referencia, independientemente de la manera en que ese sistema se esté moviendo con respecto a otros, leyes verificables con experimentos apropiados y, por lo tanto, refutables por mejoras en el rango de precisión.

Para evitar confusiones, en el campo científico es preferible usar el concepto de convalidación en vez del de verdad. La convalidación es un hecho social: el acuerdo generado por la comunidad de pares de la disciplina a la que pertenece las ideas que requiere verificación. La convalidación puede hacerse en revistas, libros, congresos, reuniones o través de medios como Internet que permiten la difusión de estas ideas. Es una creencia generalizada de la mayoría de los científicos (es imposible demostrarla) que este proceso genera modelos que cada vez se aproximan más a la realidad que se discute en la siguiente sección.

Fuentes

  • Kuhn, Thomas; La Estructura de las Revoluciones Científicas; Fondo de Cultura Económica; México; 1986.
  • Verdad en Wikipedia.
  • Feinmann, José Pablo; La verdad ha muerto; diario Página/12; Editorial La Página SA; ciudad de Buenos Aires; 28 de enero de 2013.
  • Queraltó, Ramón; The concept of scientific truth and the unity of sciences (El concepto de verdad científica y la unidad de las ciencias); revista Argumentos de Razón Técnica, Nº 4; Universidad de Sevilla, Sevilla (España); 2001; pp. 269‑278. Artículo en inglés.

Realidad

Una buena primera aproximación al concepto de realidad es la conocida metáfora de la caverna de Platón. El fenómeno psicológico (cognitivo) subyacente, la manera en que las personas adquirimos la comprensión del mundo, se discute en el artículo constructivismo.

La información que adquirimos sobre el mundo exterior está limitada por dos grandes factores. El primero es el limitado número y capacidad de los sensores de que está dotado nuestro cuerpo, los órganos de los sentidos. Vemos un rango limitado del espectro radiante, oímos sólo una banda reducida de frecuencias sonoras, sólo podemos tocar objetos no demasiado fríos ni demasiado calientes, identificamos por su sabor sólo 5 gigantescos grupos de sustancias químicas y nuestro olfato, aunque mucho más específico que el gusto, no es comparable con el de cualquiera de nuestras mascotas. Podemos percibir, aunque groseramente, campos gravitatorios, pero no campos eléctricos (como algunos peces) ni magnéticos (como las palomas mensajeras y algunas bacterias).

El segundo factor limitante es la manera en que nuestro cerebro procesa las informaciones procedentes de los órganos sensoriales. No tenemos conceptos innatos, debemos construirlos por interacción social mediada por símbolos. El procesamiento de estos símbolos está limitada a operaciones como la clasificación consistente en la agrupación en conjuntos por rasgos (todavía no bien identificados), la unión e intersección de estos conjuntos, el establecimientos de relaciones entre ellos, entre las que se destacan las de orden y cardinalidad. Estas capacidades de procesamiento son las que determinan la estructura del lenguaje y de la lógica que convalida sus proposiciones (véase Wittgenstein) siendo su más compleja expresión cuantitativa la Matemática. Nuestra mente formula así, con esas grandes limitaciones, representaciones del mundo natural y social que impresiona nuestros sentidos, las sombras en la pared de la caverna de Platón. Lo único que sabemos del mundo exterior, la realidad, es lo que nuestros limitados sentidos, conceptos y sistemas de procesamiento nos permiten asociar a él, nuestras ideas, muy variables de persona a persona. En todo caso lo sorprendente es que a pesar de esas enormes limitaciones hayamos llegado a saber tanto de las características y procesos de ese mundo externo, tanto como para poner hombres en la luna y modificar las funciones hereditarias de algunos organismos vivientes.

Los practicantes de las ciencias fácticas no dudan de que hay un mundo fuera de nuestra mente, aunque no podamos percibirlo o aprehenderlo completamente. Aunque algún filósofo idealista llegue a negar la existencia de un mundo exterior a su mente, sus disquisiciones terminarán rápidamente cuando una piedra caiga sobre su pie o el hambre le haga crujir el estómago, experimentos de generalizada e indudable convalidación social. A este respecto escribió Popper, uno de los más destacados filósofos de la ciencia:

Entramos efectivamente en contacto con la realidad mediante la falsación de nuestras suposiciones. La única experiencia positiva que sacamos de la realidad es el descubrimiento y eliminación de nuestros errores.

Este mismo concepto fue expresado y aplicado por Luria (véase la sección precedente) para explicar la construcción del lenguaje, el proceso de asignación de relaciones entre las palabras y las cosas, la expresión verbal de la realidad.

Como la mayor parte de nuestros saberes son autoritarios, tomados de fuentes supuestamente inobjetables, la construcción de la realidad es, en última instancia, un fenómeno social. Uno de los primeros filósofos en discutir este tema fue Max Scheler, cuyas ideas sirvieron de inspiración al libro de Erich Kahler Historia universal del hombre, donde se desarrolla la trama histórica del concepto que los seres humanos fueron desarrollando de sí mismos, del cosmos y de su lugar en él.

Las representaciones de la realidad

No todos creen que distintas personas puedan obtener representaciones de la realidad que puedan ser comparadas entre sí, es decir, que tengan elementos importantes comunes. Una de esas personas es Ernesto Sábato, destacado escritor argentino, originalmente físico doctorado. En El escritor y sus fantasmas, pp. 152‑153, afirma:

Los pintores hacen su autorretrato de dos maneras: una, la menos profunda, pintando su cara; otra, la más valiosa, pintando un árbol, unos caballos, la destrucción de Sodoma y Gomorra. Un árbol de Van Gogh no es un árbol de Millet, aunque los dos hayan tomado el mismo modelo. Pintar o relatar algo "tal como es" es el alegre propósito de artistas que se han titulado "realistas". Pero los artistas no se dividen en aquellos que la transcriben tal como es y los que la transcriben tal como la ven; todos sin excepción pertenecen a esta segunda categoría, todos dan de la realidad externa una versión subjetiva y estrictamente personal. Es tarea fácil mostrar cómo hasta en los más encarnizados partidarios del retrato fiel se da un documento de su visión del mundo y de sus prejuicios cuando creen honradamente estar dando un documento estrictamente objetivo.
Estos realistas ingenuos parten del principio de que fuera del yo hay un mundo que puede ser descrito independientemente de nuestras limitaciones y características personales. Pero si eso es cierto hasta cierto punto para un pentágono o un mineral, no lo es de ningún modo para un paisaje. En estos casos, la realidad no está únicamente fuera sino también dentro del observador, y en rigor la realidad está constituida por una trama objeto‑sujeto que no puede ser escindida. El mundo de la pintura, por ejemplo, es el mundo de los colores y los colores no existen en la naturaleza; fuera de nosotros hay quizá ciertos corpúsculos que viajan a una velocidad fantástica, guiados por ondas‑piloto de naturaleza matemática. Como dice Whitehead, la naturaleza es una triste cosa, sin colores, ni sonidos, ni fragancias; todos esos atributos son puramente humanos. Radical e inevitablemente (pero ¿por qué evitarlo?) nuestra visión del mundo es subjetiva, y cada uno de nosotros está creando colores y músicas, groseros o delicados, complejos o simples, según nuestra sensibilidad, nuestra imaginación y nuestro talento.

De la realidad sólo tenemos representaciones mentales, un pequeño conjunto de rasgos seleccionados de entre muchos otros durante la evolución de nuestra especie. Son ejemplos prototípicos de representaciones los personajes de historieta y los mapas. Unos pocos rasgos faciales —la forma de la boca, de los ojos y los pliegues de la piel— son capaces de representar de modo muy convincente las emociones de los personajes de historieta, aún prescindiendo de la importante información que da el color. En los mapas, simples trazos hechos sobre una superficie plana y la identificación de una escala son capaces de representar accidentes de terreno, distancias, vías de acceso a lugares previamente desconocidos y hasta alturas (con un poco de entrenamiento). Las representaciones no coinciden totalmente con lo representado (los colores son fenómenos psicológicos), el dibujo no es el personaje, el mapa no es el territorio, pero todos los primeros dan información parcial importante para las personas, que es todo lo que se necesita. Es más, a veces el exceso de información sobre la realidad puede ser tan malo como su ausencia total si las personas no son capaces de procesarla. Borges satiriza magistralmente el tema en el brevísimo relato Del rigor en la ciencia (del libro El Hacedor):

(...) En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas. (Las mayúsculas son de Borges.)

Las representaciones más complejas, las que no guardan relación directa con la información que brindan los sentidos, son las usadas por algunas ciencias para explicar hechos de la naturaleza. Un ejemplo (no el único) es la Física, donde el intento de explicar los orígenes del mundo material se han introducido no sólo partículas hasta el momento indetectables —como el bosón de Higgs— sino hasta universos con dimensiones muy diferentes a las 4 tradicionalmente aceptadas (3 del espacio y 1 del tiempo).

Fuentes

  • Berger, Peter L. & Luckmann, Thomas; La construcción social de la realidad; Amorrortu Editores; Buenos Aires; 2001 (17ª reimpresión).
  • Foucault, Michel; Las palabras y las cosas; Siglo XXI Editores; México - España; 2008; ISBN 9789876290500.
  • Kahler, Erich; Historia universal del hombre; Fondo de Cultura Económica; México; 1946 (1ª edición).
  • Lee, Clarissa Ai Ling; conferencia Speculative Reading, Speculative Physics – the Ontology of the Large Hadron Collider; Duke University; Durham (EEUU); ¿2012?.
  • Luria, Alexander Románovich; Conciencia y lenguaje; Pablo del Río Editor; Madrid (España); 1979.
  • Popper, Karl R., Realism and the aim of science; Routledge; Londres (Reino Unido); 1985.
  • Sábato, Ernesto; El escritor y sus fantasmas; Edit. Aguilar; Ciudad de Buenos Aires; 1964 (2ª edición); SábatoE EF.
  • Wittgenstein, Ludwig; Tractatus logico-philosophicus; Edit. Altaya; Barcelona (España); 1994; ISBN 8448701569.

Los físicos cuánticos y la realidad

Los escritores de ficción inventan mundo plausibles, pero ficticios. No son los únicos, los científicos también saben hacerlo. En 1957 el físico Hug Everett III formuló en su tesis la conjetura de los universos paralelos que se ramifican. No hay ninguna evidencia experimental que convalide la conjetura, sólo se sabe que es compatible con las ecuaciones de la Mecánica Cuántica, la parte de la Fisica que describe el comportamiento de la materia y la radiación en la escala atómica y subatómica. Hay que recalcar que ser compatible no quiere decir ser verdadera; la compatibilidad con las ecuaciones del campo a que corresponde es el requisito mínimo que se exige a cualquier conjetura, pero además debe tener consecuencias experimentalmente verificables.

Otro físico, Bryce de Witt, popularizó esta conjetura en un libro que obtuvo gran resonancia mediática: The Many-Worlds Interpretation of Quantum Mechanics. El problema es que si existen universos paralelos, no se comunican entre así. Parece entonces imposible hacer un experimento que demuestre su existencia. De acuerdo con los criterios de Karl Popper una conjetura que no es refutable (falsifiable, en inglés), no puede constituir una teoría científica. Hay muchas otras objeciones a la conjetura de los mundos paralelos, la principal de las cuales es la constante creación de cantidades inconmensurables de energía. Se trataría, entonces, de un ejercicio de imaginación sin posibilidad de verificación.

En un artículo sobre el escritor Jorge Luis Borges, el físico Alberto Rojo compara ideas de su cuento El jardín de los senderos que se bifurcan con la conjetura de "polifurcación" de Everett y de Witt, entre las que encuentra un asombroso paralelismo (p. 58). Rojo comenta así la respuesta de Borges cuando le comentó el aparente paralelismo:

¡No me diga! Fíjese qué curioso, porque lo único que yo sé de Física viene de mi padre, que me enseñó como funcionaba el barómetro.
Lo dijo con una modestia casi oriental, moviendo las manos como si tratara de dibujar ese aparato en el aire. Y luego agregó:
¡Qué imaginativos que son los físicos!.

Sorprendentemente, Rojo atribuye a Borges la capacidad de anticipar complejas teorías físicas como la de los mundos paralelos, tema sobre el que posteriormente escribió un libro, con el argumento puede saberse sin saber que se sabe (p. 59). Los psicólogos cognitivos y los filósofos de la ciencia seguramente podrían elaborar muchos trabajos sobre tales conclusiones.

Fuentes

  • Many-worlds interpretation en Wikipedia en inglés. Contiene una detallada discusión del tema, con múltiples referencias.
  • Mundos paralelos en Wikipedia en castellano. Versión muy simplificada del artículo anterior.
  • Rojo, Alberto; El jardín de los mundos que se ramifican: Borges y la mecánica cuántica. En Borges científico: cuatro estudios; Ediciones Biblioteca Nacional y Página/12; Ciudad de Buenos Aires; ISBN 9789875031975; 1999; pp. 43‑59.

Milagros

En su Ensayo sobre el entendimiento humano, David Hume postuló un argumento sencillo y elocuente para enfrentar la pretensión de que creamos en milagros. Escribe allí:

La vida nos enseña a todos que hay muchas personas que se engañan a sí mismas, que son engañadas por otras, o que quieren engañar a las demás. Como no hemos visto el milagro o no tenemos evidencias suficientes para creer en él, es más razonable suponer que los demás se engañan, son engañados, o quieren engañarnos a nosotros. Lo que hay que explicar no es el supuesto milagro, sino el hecho de que se nos diga que un milagro se ha producido. No es que no debamos creer en lo que no vemos, ni que sea imposible que algo contrario al sentido común un buen día muestre evidencias de ser verdadero, sino que es necesario exigir al interlocutor que sostiene algo que contradice nuestra experiencia inmediata y el conocimiento consensuado, que aporte pruebas que sean más creíbles que la experiencia en sí misma, argumentos no falaces para que resulte más racional creer en lo que el otro dice en vez de suponer que se engaña, es engañado, o quiere engañarnos.

Este argumento ha sido frecuentemente parafraseado de manera más concisa en alguna variante de la frase: para avalar hechos extraordinarios se requieren evidencias extraordinarias.

Fuente

Algunos escritos que citan este artículo

Véase también